Redimiendo las distancias, el éxito electoral de Obama, Chávez y Leonel ha sido responsabilidad de un discurso de sueños.
Cada uno, a su manera, vende una ilusión de cambio, y eso cautiva. Existe una simetría casi perfecta entre la retórica de futuro de estos tres hombres, aunque sobre bases ideológicas disímiles: la de Obama, la ruptura con el viejo orden; la de Chávez, la justicia social; y la de Leonel, la modernidad.
Parece que también en los Estados Unidos el mercado electoral de los sueños arranca euforias en las generaciones emergentes y su consumo crece en la medida en que se devalúa la credibilidad de sus instituciones. No hay nada más convincente que el poder de las palabras cuando la realidad nos golpea, y, en esa circunstancia, la sensibilidad de un pueblo se hace más vulnerable al discurso de esperanza y cambio. Eso hizo ganar a Obama.
Al prestar juramento como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama Jr. tendrá ante sí el inconmensurable reto de honrar cada palabra de esperanza con una obra certera de gobierno. Sobre todo a favor de un pueblo que echó a un lado el color de su piel e inexperiencia para decidir por la opción del cambio prometido. Ahora sabremos la real distancia entre el poder de las palabras y la autoridad de los hechos.
A pesar de que como continente no somos agenda ni interés de Washington, le recomendamos al presidente Obama verse en el desvencijado espejo de Latinoamérica, que ha apostado por este discurso de cambio y hoy las decepciones rebasan las expectativas suscitadas. Así, y como ejemplo, la atrapada “revolución bolivariana” venezolana no ha podido reducir los índices de pobreza y corrupción, no obstante los compromisos patrióticos asumidos al pie de Bolívar y el desbordamiento de las arcas nacionales con miles de millones de petrodólares.
Aunque con menos entusiasmo, los dominicanos optamos también por un discurso de futuro y progreso que sólo ha tenido expresión en la movilidad social de un grupo de burócratas gracias a las “oportunidades del poder”. Persuadidos por un discurso de fuerza conceptual, le creímos a un proyecto de “revolución democrática” cuyo único horizonte se despliega en las dilecciones académicas de un presidente con una sorprendente desconexión de la realidad. Hoy, lejos de avanzar en esa dirección, se afirman prácticas de poder autócratas, que contradicen de forma franca el discurso institucional del presidente.
Los norteamericanos disfrutaron hasta el paroxismo la magia verbal del candidato; ahora le toca hablar al presidente. Poco a poco empezarán a notar sus distancias. Es una confrontación inevitable entre lo ideal y lo posible. Pronto las fuerzas del establishment estrecharán su cerco y los intereses especiales empezarán a darle al novel presidente la verdadera perspectiva de su obrar. Entonces nos daremos cuenta quién realmente gobierna en la nación más poderosa del planeta, si las buenas intenciones o los intereses corporativos. Ojalá que en esta dinámica no intervenga la mano asesina de otro demente o fanático en búsqueda de celebridad. In God we trust.
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