Por fin esto se acaba y daremos el salto a una normalidad, que aunque colmada de penurias, nos descarga temporalmente de la vocinglería, la estridencia y los atosigamientos de un proceso tan insensiblemente dispendioso como emocionalmente traumático.
No sé si hemos madurado en la percepción o hemos atrasado en la creatividad, pero esta campaña fue mala en contenido, propaganda, discursos y candidatos; no hablamos de ofertas programáticas, porque eso siempre falta o se presenta tardía y ornamentalmente para tapar la vergüenza de los hondos vacíos que dejan estos teatros democráticos.
Lo que pasó fue un huracán de trapos sucios; nadie nos dijo qué iba a hacer como gobierno, sino por qué no votar por los demás en base al insulto, los denuestos y las mentiras. Se agota así un festín de compras y ventas de lealtades, una trama oportunista de traiciones, un circo de farandulería barata donde el reparto más luminoso lo estelarizaban la “maidita” y “el caballo”, estrellas tan pobres como el precio pagado por sus dignidades, todo en un ambiente de piñatas preñadas de recursos extraídos de reformas fiscales inicuas.
Un debate mediático entre un “progreso” más ferroviario que real y un “cambio para mejorar” la suerte de los que quieren hacer negocios en el poder o del poder un negocio. Lo que sí aprendimos mucho de esta tortuosa experiencia fue a medir intenciones electorales, gracias a un festival de encuestas políticas; pena que la insensibilidad de los que se postulan no midan a diario las decepciones de un pueblo exhausto de los mismos modelos de gobiernos expertos en acumular problemas y genios en cambiar las suertes económicas de sus protagonistas.
¿Quiénes ganaron? Depende. La respuesta implica un concepto más económico que social; ganaron los que invirtieron, sobre variables tan objetivas como costo-riesgo-rentabilidad. Las compensaciones mañana tendrán nombres de contratas, comisiones, honorarios, canonjías y todos los que el diccionario financiero soporte. La pena es que la oposición de entonces hablará de escándalos de corrupción sólo cuando vuelva la próxima campaña electoral sin una responsable expresión judicial; para eso existen los pactos de complicidad.
A los que votan y a los abstencionistas nos queda el descanso visual y auditivo de una campaña mediocre y abrumadora. Eso sólo ganamos… felices vacaciones.
Escriba al editor:;
|