Conozco a un funcionario proverbial. Su adicción es el buen comer. Su fama corre como el agua por las mesas de todos los restaurantes de la ciudad capital. Hace lo necesario para que la llegada de su séquito no pase inadvertida. Con voz quebrada por la tartamudez, habla con estridencia y tosquedad.
Una vez en mesa, deja caer sus 140 kilos en la silla y, babero en cuello, pide la carta de vinos. Con ínfulas de exquisito enólogo, castiga los tímpanos de los comensales improvisando cátedras monologadas sobre denominaciones de origen y añadas. Sus generosas propinas convierten en cortesanos a todos los mesoneros. No se cuándo ni cómo trabaja; y es que sus despachos oficiales precisan más de cucharas y copas que de computadoras.
Mi amigo, el funcionario, ha provocado mi fascinación: gracias a sus indiscretas “conversaciones” he aprendido mucho de vinos; y a la grosura de sus asfixiantes papadas, he cobrado conciencia de mi salud cardiovascular. Mientras devora con avidez neurótica una langosta, pienso en la fuga de tanto talento dominicano, que por no acreditar historia ni activismo partidario en el sistema, ha tenido que prestar sus servicios y experiencia en otros espacios menos excluyentes. Cada botella consumida recuerda mis declaraciones juradas de impuestos; multiplico la nómina de los burócratas de cada Secretaría y Dirección General por el número de sus ayudantes y las cifras se enredan confusamente en mis neuronas. El estropeado destrozo de cada filete Angus hiere mi sensibilidad hasta salpicar de recuerdos las favelas del Ozama. Al final del ritual gourmet, la cuenta de la gran cena indigna mis austeridades y privaciones, seduciéndome a elevar mi copa y brindar por las bondades de la democracia dominicana. Gracias don..., sus amigos Andrés, Enrique y este editorialista disfrutan al máximo su refinado gusto. ¡E’ p’alante que vamos!
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