Pasamos un proceso de turbulencia. Fuimos víctimas de una saturación vomitiva. La estridencia llenó las calles, la radio y la televisión. El ahogo era insoportable. Todavía persisten en nuestras pupilas las impresiones de una agresión visual salvaje. Los ecos de la vocinglería irritante todavía martillan nuestros oídos. ¡Tenemos derecho al silencio!
No podemos seguir con el vocerío ramplón de la politiquería, ni las enloquecedoras repeticiones discursivas; es preciso descansar y callar.
El país urge de una pausa para pensar, construir y trabajar. Ya la nación habló sobre la conducción de su destino inmediato; una decisión tan soberana y contundente, como para que no se volviera a hablar del caso. Ahora busquemos la quietud, evitando ruidosas distracciones que minen las atenciones a inconmensurables desafíos.
Somos convocados al silencio que provoca la meditación creativa y la rectificación oportuna. Un silencio que le imponga mudez a la demagogia y calle de una vez el embate verbal de los resabios políticos.
Alguien decía que la diferencia de la lógica entre los dos mundos, es que en el primer mundo se piensa lo que se habla y en el tercer mundo se habla lo que piensa. Pasó el tiempo de hablar, ahora nos toca pensar, pero por Dios: ¡silencio!
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