La adolescencia es un tránsito existencial tortuoso. A los once años empiezo a razonar críticamente, pero sin la libertad para actuar de manera responsable.
Cuando apenas descubro mi sexualidad, la iglesia reprende mis masturbaciones, mientras la televisión desnuda una cadera que flamea las cadencias del erotismo más irresistible.
Soy sensualmente abatido por una agresión visual diseñada en los laboratorios mercadológicos de la música, la televisión y la red, mientras me reclaman severamente conductas sexuales monásticas.
Me martillan las estadísticas de los embarazos precoces en los tímpanos hasta enloquecerme, sin embargo no hay reparos para saturarme con ofertas de pastillas abortivas, preservativos con sabores y levantadores del “ánimo viril”.
Me advierten con dureza sobre los riesgos de las adicciones, mientras las cervezas se mercadean en tangas.
Increpan mi rebeldía a la autoridad familiar, mientras las generaciones del ejemplo desafían la ley y la moral sin rubor ni conciencia.
Me abruman con lecciones cotidianas de honradez, mientras en mis propios ojos sobornan, timan y corrompen.
Soy promiscuo cuando busco en el placer algún desahogo a esta presión demencial, mientras las novias de mi padre lo llaman un hombre generoso.
Cuando busco ayuda en mi confesor espiritual quiere tocar mi carne y no mi corazón incomprendido.
Y pese a todo, soy yo el que necesita consultas de siquiatra.
Escriba al editor:;
|