A casi cuatro décadas de haber clausurado un régimen de represión estatal y a medio siglo de una dictadura sombría, en la conciencia ciudadana persisten sedimentos de temores que convierten en tabúes temas ligados a esas nefastas vivencias. Así, por ejemplo, pocos osan hablar críticamente de las Fuerzas Armadas y de la jerarquía católica, ambas ejes centrales de esos tramos históricos.
Nadie se atreve a decir por ejemplo que la mejor profilaxis que se le puede hacer a las Fuerzas Armadas es su eliminación o al menos su reestructuración radical. Hemos tenido unos institutos castrenses de pura simbología y de fechas patrias pero de probada ineficiencia histórica. Decir esto en un país de fuerte ascendencia militarista es un desatino suicida y hasta una felonía. Nada de eso. Las Fuerzas Armadas dominicanas son, al igual que cualquier institución pública, susceptibles de cambios profundos como los que han afectado a otras dependencias y ministerios del Estado dentro de las corrientes modernas de organización y eficientización de la gestión pública.
¿Por qué no se trae este tema a las reflexiones de la reforma constitucional? En sociedades pluralistas el debate debe ser abierto y no sesgado. ¿Acaso nos hemos preguntado cuál ha sido el papel, por ejemplo, de una Marina de Guerra con más generales que barcos y de una Fuerza Aérea con una oficialidad astronómicamente superior a las decrépitas aeronaves disponibles? ¿Para qué estamos preparando hombres de armas cuando la ineficiencia de estos cuerpos apenas ha podido tocar levemente el tránsito de viajes ilegales a Puerto Rico, el contrabando por la frontera y el ingreso industrial de drogas al país? Estos juicios no deben en modo alguno personalizarse, sino asumirse con sentido objetivo y racional, y en ese criterio debemos convenir que nuestras Fuerzas Armadas han sido una estructura más burocrática que operativa. Costa Rica ha recogido con creces los frutos de su sabia decisión de desmontarle esta carga al Estado y destinar una mayor cantidad de recursos a la educación; hoy es el primer ejemplo de América Latina en calidad y cobertura de su sistema educativo.
Los cambios operados en nuestra historia social y política redefinen las visiones y las funciones de las instituciones de acuerdo con esa dinámica. Los problemas de la República Dominicana de hoy distan mucho del cuadro político que le dio horizonte a la filosofía de los cuerpos castrenses. El país de ahora requiere más cuerpos militares especializados en desastres, en control de fronteras y costas o de una policía tecnificada e independiente y bien remunerada, aunque menos numerosa, que encare con competencia integral y sentido comunitario los problemas sociales del nuevo siglo como son el narcotráfico, la delincuencia suburbana, los cíberdelitos, entre otros.
Es tiempo de hacer balance y de decidir, y no de eludir este delicado tema proponiendo montajes profilácticos de corte publicista, cuando sabemos que desde hace tiempo esa estructura se encuentra podrida. La corrupción de las Fuerzas Armadas no sólo es de narcotráfico. Ahora si es fácil validar esta excusa y amenazar con juicios ejemplares; la verdadera corrupción de estos cuerpos es más vieja, basta con contar las villas de veraniego, las mansiones y los vehículos de lujo de ex generales con sueldos que nunca podrían justificar.
El narcotráfico apenas es una nueva modalidad de corrupción que no debe merecer mayor sanción moral ni punitiva que la corrupción que ahora quiere blanquearse: la que nace del cohecho y la prevaricación.
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