La construcción de una nación es un esfuerzo de muchas voluntades. En esa difusa dinámica concurren intereses, conflictos y actores; y en su historia participan los que la escriben, los que la dirigen y los que la hacen.
Muchas veces, la memoria, los méritos y la trascendencia quedan en poder de aquellos que sólo estuvieron ahí por coyunturas, intereses y hasta oportunismos. Por eso la iconografía dominicana está poblada de héroes sin obras y de ausentes meritorios.
Balaguer, Bosch y Peña Gómez encarnaron cinco décadas de un caudillismo sombrío que lejos de fomentar la concertación del liderazgo para la promoción de los valores democráticos, prefirieron, cada cual a su particular manera, mantener una egoísta confrontación que llevó al país a muertes, atrasos y fuertes crisis sociales. Por eso resulta bizantina e impertinente la disputa sobre quién se queda en la historia con “la paternidad de la democracia dominicana”.
No obstante las añoranzas de los que se beneficiaron política y materialmente de esos viejos modelos, la muerte de esos hombres abrió paso a nuevas visiones y hoy, gracias a una transición estable, contamos al menos con una cultura democrática cada vez más plural y con avances institucionales notables.
Las trampas y traumas electorales del modelo caudillista conservador dieron vigencia a “unos notables” que intervenían para “conciliar” los conflictos que generaban estas crisis. Así, emergieron unos árbitros sociales que muchas veces suplantaron las soluciones institucionales por acuerdos políticos o de facto. Las continuas confrontaciones prohijaron una nueva expresión del caudillismo cívico: el de la “conciliación y los diálogos” basado en un protagonismo absolutamente personalista, paternalista y clerical. Llegó un momento en que el país no tomaba una decisión sin la intervención (o injerencia) de estos agentes.
A pesar de sus resistencias a nuevas aperturas, los apologistas del paradigma caudillista tienen cada vez menos espacio, porque el pueblo dominicano es ya otro y su única vocación es el progreso en paz. Por eso prefiere que sus instituciones sean cada vez más sólidas y menos dependientes de estos protagonismos arbitrales.
La República Dominicana se moderniza en su pensamiento y cada día asume con más conciencia su proceso democrático, de modo que reclama respeto a sus instituciones. Nadie, excepto el pueblo, a través de consultas, puede suplantarlo, ni menoscabar el valor y la eficacia de sus instituciones. Es tiempo de que los verdaderos protagonistas sean las autoridades y no los que siempre quieren intervenir como héroes y redentores, aun en ausencia de crisis. Dejemos que nuestras instituciones maduren y puedan ser dueñas de sus soberanas decisiones.
A la Junta Central Electoral que no acepte “comisiones de notables” y que reasuma su autoridad institucional tomando sus decisiones responsablemente; a los partidos, que cumplan su rol con sentido de civilidad, sin tener que firmar ridículos pactos que nunca se cumplen refrendados por estos árbitros de la estelaridad; y al gobierno que fomente verdaderos liderazgos comunitarios, en la base social, para la ejecución de sus políticas públicas, sin tener que seguir dependiendo de estos modelos arbitrales rancios.
A los “notables” de siempre les recomendamos regresar a sus iglesias, empresas y “sindicatos”; quizás en estos escenarios puedan probar qué tan auténticos, éticos y exitosos sean sus liderazgos. No sería ocioso escuchar la opinión de sus fieles, empleados y dependientes para así separar la espuma del chocolate. Amén.
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