Quien ve desde fuera y como extraño la vida del país piensa que coexisten insularmente dos mundos desconectados, como en los tiempos de la Sudáfrica de Mandela; sólo que las barreras no son de piel, sino de oportunidades sociales.
Nuestra sociedad se quiebra y ya no con fisuras delgadas, sino con rupturas hondas en sus propios cimientos, configurando un nuevo mapa social injustamente asimétrico y peligrosamente desproporcionado. Los que vivimos dentro hemos perdido perspectiva y conciencia sobre esto y llegamos al colmo de etiquetar como culturales esas distancias.
Vivimos el embrujo de las apariencias que cada día nos roba sensibilidad para darnos cuenta de que dejamos de ser un solo país. Así, mientras las revistas y crónicas sociales retratan estilos de vidas de Mónaco de una selecta sociedad citadina de clubes de golf, villas y otras frivolidades, en nuestros barrios la indignación asume cuerpo de violencia y rabiosa impotencia ante cuadros sociales degradantes. Vendemos al mundo un paraíso de playas y residencias de descanso sobre una base social cada día más enconada e insatisfecha. Hasta un día eso será así y como decía Víctor Hugo: “la marcha del reloj de la miseria es lenta, pero marcha”.
Creemos que los gritos de la miseria se silencian con ron y bachata y que mientras esa narcótica provisión calme las frustraciones de los parias, el mundo de los de arriba vivirá sin amenazas de sediciones sociales. Hemos construido, a nuestro propio estilo, una sociedad neoesclavista, donde los atrapados en los submundos de la indignidad sólo cuentan para las migajas electorales, y, los que disfrutan la placidez de un paraíso caribeño, desfilan sus Ferraris en la Lincoln, disfrutan un brandy en las marinas del Este o agotan la noche en los casinos.
La nueva economía global y las cortas visiones de los gobernantes nos han arrinconado en el mercado de la manufactura y de los servicios del turismo barato, industrias que se mantienen no sólo con paisajes naturales sino con tranquilidad social. ¿De qué vale invertir en megaproyectos e infraestructuras de desarrollo turístico sobre un polvorín de inconformidades sociales que puede estallar en cualquier coyuntura? Pero los empresarios les dejan esa agenda a unos políticos distraídos en los negocios del poder con pocas respuestas a largo plazo.
La rebelión de los miserables empezó con escaramuzas barriales cargadas de sangre y droga; ya su teatro de operaciones ha invadido zonas socialmente protegidas, con atracos y violencia incontenibles; mañana ya no será delincuencia sino subversión social y tendrá un nombre: “Avalancha”. Si esta palabra no es suficientemente expresiva en castellano, su significado social en creole es mucho más descriptivo: “Lavalás”. ¿Recuerdan?...
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