Ha costado esfuerzos valiosos crear las condiciones institucionales para asegurar la independencia de los jueces. La nación ha invertido mucho en construir las bases de una reforma judicial trascendente. Creíamos que el producto humano del nuevo Poder Judicial iba a estar a la altura de los cambios prometidos, pero los resultados nos dicen que todavía nos quedan años de espera.
Contamos con magistrados comprometidos con la nueva visión de la justicia; tenemos jueces de grandeza ética y docta formación jurídica, pero nos faltan hombres de valor. Administrar justicia no sólo es un ejercicio de sabiduría sino de coraje. Una justicia transformadora no puede sustentarse en voluntades frágiles o caracteres destemplados.
La percepción social es que la justicia sigue plegada al estatus quo, por eso el impacto de los cambios operados en el Poder Judicial no son valorados como debieran. Los hechos están ahí: sentencias draconianas contra la criminalidad de la base social y justicia complaciente con la delincuencia corporativa y pública. Todavía gravitan en las decisiones de nuestros tribunales los condicionamientos fácticos del poder político y las presiones de los intereses económicos. Eso debe cambiar. La nación reclama más de sus jueces.
¿Qué necesita un juez para no honrar su desempeño con determinación si ya tiene garantizada su inamovilidad e independencia funcional? El juez que asuma su oficio sin vocación de trascendencia debe inexorablemente abandonarlo. Una justicia administrada con servilismo, palidez o pusilanimidad no genera cambios. La sociedad dominicana demanda más responsabilidad en los veredictos. Hace falta ceguera judicial. Muchos de nuestros magistrados están viendo apellidos, siglas partidarias y nombres de poder antes de fallar.
El Poder Judicial cambió su imagen y su indignidad material, pero ahora debe asumir la revolución del pensamiento y el compromiso de sus miembros. Una nueva mística inspirada en el valor y el carácter del juez debe insuflar la “nueva ola” que preconiza el magistrado Subero Isa. La credibilidad de la justicia no descansa en una retórica de cambios sino en su desempeño cotidiano y, en ese ámbito, se le resta valor a tal condición con cada corrupto descargado y con cada sentencia políticamente acomodada.
La “nueva reforma” judicial debe ser moral y está llamada a fortalecer los valores de la dignidad del juez. Nos están cansando los jueces medrosos y burócratas; y no hablamos de una justicia arbitraria o despótica, sino responsable. Precisamos de jueces que no reparen en las consecuencias de su elevado accionar y que promuevan el respeto a su investidura no por su poder sino por su vocación de justicia; que su compromiso rebase las cifras de sus ingresos y que desafíe la lealtad servil de una obediencia irreflexiva.
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