He estrechado tus manos en dos ocasiones. Es posible que no tenga memoria de tales momentos como yo; para tí, fue un frío y rutinario protocolo; para mí, una alta honra.
De todas formas debo confesarte que fui vecino de tus ideas y sueños cuando Bosch te señaló como líder. Eran tiempos de entrañables idealismos y supremas vocaciones cívicas.
Nunca pensé que llegarías tan lejos, y no por el estigma social que nunca perdonó tu afro, Volkswagen o Villa Juana, sino porque demostraste convincentemente que en una sociedad de exclusiones gratuitas el talento todavía retribuye. Eso me hace sentir orgullosamente expresado en tu historia.
Te perdoné lo del Frente Patriótico, ya que para ese momento eras una afortunada víctima de una coyuntura histórica irrepetible. A pesar de que llegaste de la mano del pasado más sombrío, entendí que la fuerza dialéctica de la historia es avasallante y su inexorable designio te reservaba ese momento. Ya en el poder, te creí con devoción religiosa la sinceridad de tus promesas y la altura de tus compromisos. A pesar de tus ataduras políticas, fue una gestión sino ideal, posible, aunque quedaron desiertas muchas expectativas sociales.
La nación te revalidó el mandato por segunda vez. En esta ocasión llegaste por tus propios méritos y fuerzas, sin más compromisos que tus ideales. Dios te brindó la singular oportunidad de hacer un gobierno de ensueño, a pesar de la crisis. Era el tiempo ideal para lanzar una agenda social histórica, donde la educación fuera el eje y el sistema de salud por fin rescatado. Pero el demonio del poder turbó tus intenciones y despertó tus apetencias; pensaste, entonces, en un gobierno inmediatista de dividendos políticos y no de trascendencia humana. La locura monumental que tanto le criticaste al modelo balaguerista lo asumiste. Así, a pesar de tu retórica de futuro, las estadísticas mundiales nos sitúan como una nación paria en niveles de educación y nuestro sistema de salud pública sigue siendo una verdadera afrenta. Eso no te lo perdono.
Alguien debe decirte que el juego de parecerte a Balaguer no te asienta y que lo estás tomando en serio; autonegarte sería una felonía. Nunca pensé que tu preclaro pensamiento político prohijara prácticas tan execrables como la compra de lealtades partidarias; que la concepción boschista de la ética del poder quedara doctrinalmente arrinconada sin expresión real y que tu presumida vocación institucional fuese eclipsada por algunos escándalos públicos. Todavía mi escepticismo es tan cándido que te sigue concediendo el beneficio de la duda, y asumo que estos desvaríos son producto de la febrilidad electoral. Pero debo confesarte que te estás alejando del primer Leonel. Aquel joven de la cancha de baloncesto y que cautivó la juventud con un discurso fresco y de esperanza. La “madurez” política está diluyendo ese ángel que te llevó al poder.
Ahora pides cuatro años más; nunca serán suficientes. Es tu derecho, pero ten cuidado cómo termina tu carrera. Tu partido ha perdido mística y ya el referente boschista es sólo nostalgia; el pragmatismo lo ha copado todo. Por eso necesitas una vuelta a tus raíces morales y a tus grandes compromisos patrios e ideológicos; es imperativo reivindicar valores. Tu nación podrá darte una nueva oportunidad, pero es preciso variar el modelo de gobierno y reorientar sus programas a verdaderas prioridades sociales. “A las tres es la vencida”, sentencia la sabiduría coloquial, y hoy más que nunca el reto se hace inmenso. Si Dios te bendice con una nueva oportunidad, la idea será rectificar y acometer la mística perdida. Entonces tu nombre será grande y tendrá historia. De lo contrario, sólo serás recordado como el presidente del metro, y eso es triste. Mientras tanto, pa’lante Presidente.
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