Hace algunos días, el jefe de la Policía Nacional se trasladó a la ciudad de Santiago para dirigir personalmente un acto de deshonra pública a uno de sus agentes por inconductas cometidas en el servicio. Las cámaras de televisión recogieron las escenas del macabro montaje.
En medio de un batallón de compañeros de uniforme, la camisa del humillado era torpemente destrozada con una tijera por las propias manos del máximo comandante de la institución mientras increpaba toda expresión de indisciplina en sus filas.
El protocolo simbolizaba una ejecución moral con la fuerza suficiente para persuadir a cualquiera de no cometer el más mínimo desliz. Mientras se ejecutaba el acto expiatorio, fue inevitable pensar en las villas de Casa de Campo de algunos ex generales o en los latifundios de ex comandantes militares o en la plácida y exuberante vida de retiro de ciertos ex oficiales que les ha brindado la oportunidad de hacer política por puro placer personal. Inmediatamente evoqué la mordaz acusación de Jesús a los fariseos y saduceos de su generación cuando, con encono, les dijo: “¡Ay de vosotros también, intérpretes de la ley! Porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo la tocáis” (Lc.11:46).
Como siempre, la historia es la misma no importa el escenario: “la justicia” implacable con los de abajo e indulgente con los de la cima. ¿Habrá tijera moral para destrozar la presunción de honorabilidad de las grandes fortunas de generales activos y en retiro cuando jamás pueden ni podrán justificarlas con sus sueldos? ¿Dónde están las comisiones de investigación para penetrar en esas oscuras intimidades patrimoniales? ¿Quién investiga las “retribuciones” o “los peajes” recolectados por subalternos para ciertos oficiales? ¿En manos de quién están los negocios policiales? Parece que la “justicia” policial o militar tiene también sus rangos.
Pero para eso están los de abajo: para dar lecciones de orden, disciplina y moral. Esos cortesanos de la burocracia policial que sirven de mensajeros, choferes, sirvientes domésticos de altos oficiales y hasta para la seguridad personal de las amantes de políticos y ex generales. A esos sólo les queda el servilismo ciego para poder escalar una miserable raya a precio de dignidad. Son esos los que enfrentan la crudeza de la vida en las calles del crimen, apostando a la vida cada día, anulados en su voluntad en un oficio rudo y despreciable, cargado de sol, hambre y sangre.
Pero la exigencia ética en el orden policial también tiene su jerarquía: de abajo hacia arriba, porque después del grado de general todo parece justificarse. La diferencia entre el dinero de los grandes y los pequeños es de origen: el de los jefes, de las comisiones de las ventas y suministros; el de los subalternos, del arrebatado al crimen de la calle. El primero es oportunidad del cargo; el segundo, corrupción policial y sólo para éste existe tijera moral.
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